El 23 de via delle Caldine

Anoche me ocurrió junto a Alicia Luján una de las historias más extrañas que he tenido en mi vida. Voy a intentar relatar aquí lo que sucedió, con el beneplácito y testimonio de quien me acompañaba, pues la historia es tan sumamente rara que posiblemente la mayor parte de vosotros no la crea. Quien bien me conoce sabe que no miento con estas palabras. Intentaré ser lo más fidedigno posible, intentando rememorar los detalles de la noche de ayer, sin exagerar los detalles, que aún así para muchos de los lectores parecerán simples exageraciones producidas por mi forma de ser o por mi procedencia andaluza.

Me encontraba en mi habitación celebrando los primeros 10.000 seguidores conseguidos para la web de Contra-Escritura, aún no había cenado. Había pasado el día entero con Alicia dando mil vueltas por Florencia y habíamos comido casi a las 5 de la tarde, por lo que no tenía demasiada hambre. Durante la tarde Alicia había recibido varios mensajes de Iciar, una amiga suya que trabajaba de niñera para una familia en mitad de las colinas de Fiesole, una preciosa localidad desde donde se puede apreciar una de las vistas más impresionantes de la ciudad de Florencia.

Iciar había pedido permiso a su jefa para volver a España por temas de salud en su familia, pero la reacción había sido tan cruel como para dejarla abandonada en mitad de las colinas con sus maletas con un “como tu me has dejado tirada, yo te dejo tirada, ya te las apañarás”. Alicia me contó lo ocurrido y me ofrecí para ir con mi coche a buscar a su amiga. Habían podido hablar por teléfono por un instante, lo justo para decir donde estaba la casa donde trabajaba, pero la comunicación se cortó.

Recogí a Alicia en el centro de Florencia y nos fuimos en dirección a Fiesole. Allí intentamos hablar por teléfono con Iciar, que no respondía, aunque el móvil daba señal de encendido. Muchos de los caminos que recorren aquellas colinas me los he recorrido con el coche durante el pasado año, así que más o menos supe llegar hasta Caldine atravesando algunos senderos que descienden por la falda de la montaña desde Fiesole. Recordábamos solo una dirección: Via delle Caldine 23. Iciar no respondía al teléfono y empezábamos a asustarnos después de haber atravesado todos aquellos tumultuosos caminos y pedregales que se bifurcaban una y mil veces a izquierda y derecha.

Al final llegamos hasta Caldine y dejamos el coche aparcado cerca de las vías del tren. Allí empezamos a buscar algún tipo de información que pudiese llevarnos hasta Icíar. Al principio subimos andando por un camino que llevaba hasta una finca privada donde varios perros salieron a darnos la bienvenida con bastantes ladridos, así que decidimos marcharnos al pueblo, a ver si encontrábamos ayuda allí. Preguntamos en un bar, y no tenían ni idea de donde podía estar el camino que buscábamos.

Decidimos pasar por la estación. Parecía una escena de película de terror. Llegamos a pie a la estación, observados por una mujer de mediana edad que fumaba desde la ventana de su casa, probablemente preguntándose qué hacían dos extranjeros en un sitio así en mitad de la noche. La estación estaba desierta, fantasma. Encontramos una puerta abierta que daba a la sala de espera. En la entrada un banco lleno de cuentos y dibujos que alguna niña habría olvidado allí. La máquina de sacar los billetes de tren con un butrón en mitad y piezas colgando, posiblemente practicado con el fin de robar la poca calderilla que tuviese dentro. Nos fuimos pitando de allí. No había nadie y la situación empezaba a ponernos un poco nerviosos.

Decidimos volver sobre nuestros pasos con el coche, mientras llamábamos continuamente al teléfono, que seguía sin responder. Empezamos a subir por la colina, parándonos en cada finca para buscar aquel número 23, que era la única pista que teníamos. Se estaba haciendo muy tarde, y no paraban de pasar nubes por delante de la luna llena, que cada vez oscurecían más nuestro camino.

Encontramos un desvío que nos llevaría a una lujosa villa. Nos bajamos del coche, y con sumo sigilo y la linterna del móvil entramos en la finca a buscar el número de la casa. La casa tenía un porche espectacular, un mobiliario de superlujo y alarmas de seguridad. Fuimos penetrando en la oscuridad de aquel jardín, hasta que nos topamos con un perro de mediana estatura, que suelto nos miraba fijamente mientras gruñía, sin llegar a ladrar del todo. Me quedé mirando al perro, quizás ilúsamente asegurado por mi cansancio y le dije a Alicia que se fuese marchando mientras yo distraía al perro. Lo gracioso es que funcionó, y fui capaz de relajar esa tensa mirara canina con la que miraba a aquellos intrusos que habían entrado en su territorio. El perro se sentó y me pude ir caminando hacia donde estaba Alicia. Intentábamos volver al coche, pero con los nervios nos equivocamos de camino y nos metimos aún más en la finca hasta que nos dimos cuenta al pasar por unos ventanales enormes abiertos de par en par de los que salía un resquicio de luz. Al acercarnos vimos dentro dormía plácidamente sentada en un sillón una mujer de unos sesenta años mientras su rostro se iluminaba con la luz de la televisión encencida. Por suerte fuimos sigilosos y no se despertó. La gracia podría habernos costado un infarto a nosotros y a la señora.

Volvimos hacia el coche, sin parar de llamar al teléfono de Iciar, que seguía sin dar señales de vida. Empezábamos a pensar en que habría podido ocurrir alguna desgracia. Subiendo por la colina pasamos por un camino en el que empezaban a verse algunas casas y los números empezaban a ser cercanos al 23. Subimos hasta la parte de arriba de la montaña y dejamos el coche al lado de la carretera, junto a un pequeño santuario en el que descansaba la imagen de una virgen iluminada en medio del camino.

Desde allí decidimos bajar andando a buscar la casa. Encontramos un cartel en el que aparecía el nombre de Via delle Caldine, así que no debíamos andar muy lejos. Mientras bajábamos una tormenta eléctrica empezó a azotar la ciudad de Florencia, que iluminaba el cielo con rayos. La situación sin duda empezaba a ponerse tensa. Al bajar encontramos una iglesia junto al camino. Alicia se acercó a comprobar por si Iciar se había resguardado allí, hasta que se dio cuenta de que se estaba adentrando en un pequeño cementerio, que unido a los rayos la espantó y vino corriendo hacia mi.

Pasamos por el número 25, la casa debía estar justo debajo. Encontramos un Fiat Panda, abierto que según recordaba Alicia, Iciar le había contado que ese era el coche que la jefa le dejaba para cuando tenía que bajar a Florencia.

Empezamos a llamar de nuevo al teléfono de Iciar, que seguía sin responder. Poco antes buscando en los emails, Alicia se había topado con el número de móvil de la exjefa de Iciar así que empezamos a llamar también a ese número, que daba señal de encendido, pero no respondía nadie. Le habíamos mandado algún mensaje para pedirle que respondiese al teléfono porque estábamos muy preocupados por Iciar.

En un momento de silencio, mientras llamábamos al teléfono en una de las casas se oía el timbre del teléfono, que tenía el sonido de una rana que croaba. Sin duda habíamos llegado a la casa, pero allí no había ningún indicio de su presencia. La casa tenía la luz del piso superior encendida, que se dejaba entrever tras una persiana de madera pintada de verde. La casa era muy extraña. Decidimos adentrarnos en el jardín, a buscar algún rastro.

El jardín estaba lleno de juguetes tirados por el suelo. Bajo la casa había una especie de sótano con la puerta abierta. Mientras Alicia continuaba llamando a Iciar entré en el sótano. Estaba lleno de polvo, con calendarios eróticos y lleno de aviones de aeromodelismo y minimotos desarmadas. En la puerta había una chopped. Continué mirando por el jardín y me acerqué a un cobertizo, pero no había ningún rastro de vida. Por la cabeza se nos pasaban mil cosas, pero seguía con la sangre fría. Habría podido salir cualquiera con un arma, que no habría tenido miedo. El cansancio a veces te da una percepción distinta de la realidad, por suerte estábamos dos personas juntas, y se que nada es producto de mi imaginación.

Salimos del jardín y empezamos a bajar por un sendero, por el que se nos cruzó una enorme rata que corrió a esconderse de nosotros. Llegamos hasta una explanada enorme desde la que se veía el valle del rio Mugnone abajo. Volvimos a mandar un mensaje al número de la exjefa para amenazarla con llamar a la policía si no nos decía donde estaba Iciar.

Al ver que nadie respondía a nuestras llamadas decidimos volver sobre nuestros pasos hasta el coche.  La única idea que se nos ocurría en medio de aquel cielo brillante y tormentoso fue volver a Florencia, y esperar hasta hoy a ver si daba señales de vida y si no haber llamado a la policía.

Conduje hasta el centro de Florencia, y al llegar a las estación de Santa Maria Novella de pronto llegó un mensaje por Whatsapp al móvil de Alicia con señales de vida de Iciar, que decía que no había podido responder al teléfono porque justo en el último momento, cuando estaba avisando a Alicia de donde estaba llegó la exjefa con el coche y le quitó el teléfono de las manos, quedando incomunicada en medio de aquella colina.

Había logrado llegar hasta la carretera cargando con sus maletas y haciendo autostop, viendo que no llegábamos nosotros, un conductor muy amable, y con nombre celestial, Salvatore, la había llevado en coche hasta Fiesole, y allí en un hotel le había ofrecido una habitación para quedarse mientras y había podido contactar con nosotros gracias a este hombre.

Alicia y yo respiramos con tranquilidad, nos abrazamos. Descargamos toda la tensión acumulada durante horas de búsqueda nocturna, que habían terminado con un final feliz.

Fuimos a casa de Alicia, y allí conseguimos hacer una videollamada con Iciar, que nos contó su versión de los hechos. Finalmente pudimos cenar con tranquilidad y a las 4:30 de la mañana volví a casa a dormir.

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Acerca de constriktor

Soy un arqueólogo granadino que trabaja de investigador en la Universidad de Florencia haciendo una tesis doctoral sobre una excavación arqueológica en el centro de Roma. Además soy un amante de la buena música, de vez en cuando me dedico a componer, toco la guitarra, la batería y el bajo, e intento hacer sonar cualquier instrumento a mi disposición. La fotografía es otra de mis grandes (y numerosas) pasiones. Suelo tener una opinión casi sobre cualquier tema y a pesar de ello paso la mayor parte del tiempo escuchando lo que la gente quiere contarme porque siempre hay cosas nuevas que aprender.

Publicado el 27 de septiembre de 2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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